Un recorrido por la historia de la archivística boliviana

Publicado el: 26/04/2013 / Leido: 6843 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

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Un recorrido por la historia de la archivística boliviana

Reseña y recapitulación a propósito de la próxima presentación del Diccionario biográfico de archivistas de Bolivia.

19/04/2013

El miércoles 24 de abril se presentará la obra Guardianes de la memoria: Diccionario biográfico de archivistas de Bolivia, compilada por Luis Oporto, Carola Campos, Édgar Ramírez y Gonzalo Molina, y publicada por la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional y la Vicepresidencia del Estado Plurinacional.

Sus 671 páginas nos permiten un recorrido por la generalmente desconocida historia de la memoria social boliviana, conformada por los documentos que atesoran archivos administrativos e históricos, por igual.

Muchos de estos centros de memoria cuentan con monumentales edificios como el del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (Sucre), del Sistema de Archivo Minero (El Alto, Oruro, Potosí) y el del Archivo Histórico de la Casa Suárez Hnos. (Guayaramerín, Beni). Otros, simples habitaciones adecuadas a ese noble fin.

Cuando uno observa los documentos que conservan con celo y vocación los trabajadores de archivo, surgen preguntas: ¿quiénes son los archivistas?, ¿en qué se basan para realizar su trabajo?, ¿desde cuándo existen o cuándo fueron fundados los archivos?

Interrogantes que motivaron nuestro interés para investigar durante siete años, trabajo que quedó plasmado en el Diccionario biográfico de archivistas de Bolivia, el primero en su género a nivel mundial, que contiene 812 semblanzas de 552 varones, 179 mujeres; 41 centros de archivo y 41 instrumentos archivísticos, tales como la Declaración Universal de los Archivos, la Carta Interamericana de Archivos o la Declaración de Principios del Archivista Boliviano.

En el incario En la entrada sobre los archiveros del incario, el diccionario refiere que eran funcionarios del Imperio Inca, responsables de administrar el sistema contable del quipu y la memoria histórica.

El primero, a cargo de los quipucamayoc, apoyados por auxiliares encargados de transportar el quipu dentro del territorio del incario, entre ellos los qachas (mandaderos) y chasquis (mensajeros).

El quipu se elaboraba en cuerdecillas anudadas, de fibra vegetal o animal, en varios grosores, tamaños y colores, los cuales denotaban un significado; estaba destinado a registrar información estadística, demográfica, económica y de otros rubros de la vida social y económica.

El archivo del quipu se trasladaba anualmente desde las pachas y markas hasta el Cusco, ocasión en la que eran centralizados por orden imperial. En ocasiones sagradas y días festivos especiales, la memoria del quipu era decodificada y sintetizada por los amawtas, responsables de elaborar la historia oficial del incario.

Tanto los quipucamayoc como los amawtas eran ancianos que formaban la sexta y séptima calles en la nomenclatura del ciclo de vida que elaboró Guamán Poma de Ayala en su célebre Nueva crónica y buen gobierno.

La capacidad de almacenaje del quipu era de 20 años, pero el amawta podía retener los fastos de hasta 500, sin faltar a la cronología de los hechos. La historia ha recogido los nombres de Amaro Toco, Luis y Francisco Yutu, el cacique y quipucamayoc Catari el Viejo, como ejemplos de aquellos ejércitos de archiveros del inca.

Abaroa archivista. Cuando hablamos de Eduardo Abaroa Hidalgo, todos conocemos que afirmó, a tiempo de negarse a abandonar la plaza: “Soy boliviano, esto es Bolivia y aquí me quedo”, y su heroísmo épico, cuando el coronel Villagrán, a cargo del destacamento chileno, le conminó a la rendición, su respuesta tronó en el aire: “¿Rendirme yo?... ¡Que se rinda su abuela, carajo!”. Y en ese grito, con esa respuesta, el ciudadano Abaroa pasaba a la historia.

Pero menos conocida es su faceta archivística recuperada en el diccionario. Luego del combate, sus parientes entregaron un libro copiador en custodia al convento de la ciudad de Calama, a cargo de las religiosas del colegio Guadalupe de Alquina, donde permaneció 105 años.

El libro copiador consta de 136 fojas y abarca los años 1871-1879. En la última, fechada el 21 de marzo, dos días antes del combate suscitado en Calama, hace saber a doña Julia de los Ríos, en San Pedro de Atacama, que “esperaba el combate con los chilenos y que, luego de ello, retornaría a su casa”.

Contiene cartas de orden personal, económico y político, constituyéndose “en la mejor fuente para el conocimiento de la personalidad y actividad del defensor de Calama”.

En 1984, el libro copiador fue repatriado por gestiones del cónsul de Bolivia en Chile, Héctor Baldivieso Rojas, apoyado por el periodista chileno Héctor Pumarino Soto.

La señora Rosamilda Rojas de Claros trajo consigo, desde Chile, el volumen y lo entregó en La Paz a Carlos Rivas Graña, subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia, el 21 de marzo de 1984.

A los diez meses de haber sido repatriado, el 9 de enero de 1985 el canciller Gustavo Fernández Saavedra lo entregó al director del Instituto Boliviano de Cultura, quien a su vez lo depositó en el Archivo Nacional de Bolivia, en Sucre. En 1987, el bisnieto del héroe, Ronald MacLean Abaroa, editó las Cartas de Abaroa.

Luis Oporto Ordóñez

http://www.paginasiete.bo/Suplementos/Ideas/2013-04-21/Destacados/14ideas-001-0421.aspx

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