Otros códices

Publicado el: 13/08/2011 / Leido: 5841 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

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Otros códices

Gracias a mi trabajo, he tenido muchas ocasiones de manipular códices en la Librería Gótica de la catedral de Oviedo

13.08.11 - 10:51 -

Venía yo cavilando, de vuelta ayer a casa, sobre el hurto del 'Codex Calixtinus' perpetrado en la catedral de Santiago y no dejaba de asombrarme la ingenuidad de algunos opinantes: que si era un encargo, que si para qué quería nadie un librote tan grande que encima rascaba al tacto, el arzobispo que pedía sensibilidad a quien lo tuviera... La Policía tiene experiencia. Tiene la corazonada de que el ladrón es de 'casa' y de que el móvil puede haber sido una venganza, un ajuste de cuentas interno, en vista de las rencillas que, aseguran, existen entre quienes pululan o trabajan en la catedral; incluso dicen haber hablado con él y creen que está dispuesto a entregarlo bajo secreto de confesión. Ah, pero el Arzobispado ya ha advertido de que el secreto de confesión es sagrado y no se podrá revelar nada. Ahora bien, los abogados ofrecen su secreto profesional que permite revelar, al menos, el paradero de la joya. Todo son facilidades. Como las que tuvo el ladrón, que sabía que la llave estaba siempre puesta...

Si la Policía no acierta en su corazonada -fundada, claro, en pesquisas-, lo más probable es que ahora mismo el códice, si está íntegro, repose sobre una mesa, tal vez abierto a capricho, y esté siendo observado y escrutado por unos únicos ojos, tocado por unas únicas manos, olido por una única nariz, tal vez muy lejos de España. No sé, me da que quien lo tenga ahora mismo sabe muy bien lo que posee y que el precio que haya pagado por él -dicen que como mínimo unos diez millones de euros- es una ganga siendo el valor del códice incalculable.
Gracias a mi trabajo, he tenido muchas ocasiones de manipular códices en la Librería Gótica de la catedral de Oviedo. La sensación es la de viajar en el tiempo y revivir un pasado remoto. Se conservan cincuenta y cuatro, la mayoría escritos en latín. Desde hace siglos esperaban a que alguien tuviera la curiosidad de mirarlos. Y no me refiero, claro, al justamente famoso 'Liber Testamentorum', la joya más importante, de la que no existen copias, una obra cuyas solas policromadas ilustraciones son capaces de dejar con la boca abierta al espíritu más rústico con la sensibilidad más tosca; ni yo sé dónde está y, por supuesto, las fotos que aparecieron en la prensa los días pasados eran de uno de los facsímiles que se encargaron hace años... joyas, también, de valor astronómico. Me refiero, digo, a otros códices, menos conocidos, pero de valor también incalculable, en cuanto que son piezas únicas en el mundo que conservan, a veces, textos únicos.
Otros colegas, en especial de paleografía, se han ocupado de los códices escritos en castellano. La archivera del Ayuntamiento de Oviedo estudió filigranas. Nadie hasta ahora, que yo sepa, había trabajado con los textos latinos. Una doctoranda mía de Cangas del Narcea, Olga Cristina Rodríguez Fernández, hizo su tesis doctoral con la edición crítica y traducción de un texto único: una especie de tratado de salud anónimo, que acertó a atribuir a algún discípulo del más famoso médico medieval hispano, Arnaldo de Vilanova. Otra doctoranda, esta vez de Gijón, Cecilia Blanco Pascual, además de desvelar en su tesina unas 'Revelaciones', únicas también, de otro códice -lo que le valió un reconocimiento a escala nacional-, hizo su tesis con la edición de otro texto, más complejo, fusión de dos textos más conocidos. Era una descripción de Tierra Santa, un género muy popular en la Edad Media que brindaba a quien no podía permitirse la peregrinación real la posibilidad de hacer, mediante la lectura, una peregrinación 'virtual'. No había tele, entonces, ni internet.
Recientemente, otra alumna mía, de Cracovia, Jagoda Chmielevska, se licenció con matrícula gracias a la edición de un folio que hacía de guarda de un códice, con letra desvaída y difícil de leer. Pero consiguió averiguar su origen, autoría y hasta lo que de original contenía el texto frente a otras pocas copias europeas que localizó.
Y, en fin, por no seguir con la lista de hallazgos, diré que este mismo año, otra alumna, esta vez de Avilés, Lorena Molina, descubrió en el texto de un folio de un códice que le pedí que estudiara (se suponía que era una genealogía de Mahoma), nada menos que un fragmento perteneciente a una de las versiones de las 'Crónicas Asturianas'. Ahí es nada: lo único genuino que posiblemente quede en Asturias de esas 'Crónicas'.
Ahora está de moda, por causa de este suceso, hablar de la seguridad del patrimonio en general. Lo malo es que la sociedad en que vivimos es totalmente ignorante de buena parte de lo que tenemos, porque no se ve, y cree que con conservar los edificios emblemáticos, como los que constituyen el prerrománico asturiano, las obras de arte y hasta el patrimonio industrial ya es suficiente. Y no. Hay otras cosas. Cada vez que acudo al Archivo de la catedral lo hago con trípode y cámara de fotos. Antes de abrir del todo un códice, especialmente si es de papel, procuro entreabrirlo y fotografiar su contenido: en algunos casos, esa foto es lo que queda del texto. Su mal estado de conservación, el nulo interés que despierta en los protectores del patrimonio asturiano hacen que, cuando lo abro, se desintegre literalmente: el ácido de la tinta daña con los siglos el papel y acaba quemándolo. Al menor movimiento se deshace. Los minúsculos trocitos los dejo ahí, entre los folios, por si algún día alguien con paciencia es capaz de recomponer, con ayuda de mis fotos, el inmenso puzle de migajas de papel y letras que un día fue un texto legible. Es un dolor, una puñalada que se clava en el corazón de quienes amamos esas reliquias, cada vez que algo de un códice se descompone. Y por mucho mimo que se ponga en el empeño, cuando las condiciones no son buenas, siempre puede pasar algo.
Se cuestiona el papel de los latinistas en la sociedad. Dicen que somos caros. ¿Caros? Muy rentables, diría yo. Algunas de las fotos que conservo tienen un valor tan incalculable como el original, inexistente ya, del que fueron tomadas. Y la publicidad que Oviedo, su catedral, su Universidad y Asturias, en general, recibe, gracias a la propagación por Europa de esos contenidos, también vale algo. Estamos en el mapa de la cultura, aunque aquí no se entere nadie. Normal.
FUENTE: El Comercio>
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