Avatares de la cultura material

Publicado el: 27/01/2015 / Leido: 4941 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

Compartir:

Avatares de la cultura material

Coleccionismo. La Argentina pareció estar regida por la “desidia archivística” y la falta de una “conciencia documental”. Algo parece estar cambiando.

POR JUAN JOSE MENDOZA

 

 

 

En agosto de 2005 apareció el Nº 53 de la revista Ramona. Estaba dedicado al coleccionismo y, naturalmente, también se presentaba como un número “coleccionable”. En la bajada decía: “Todo lo que Ud. necesita saber sobre coleccionismo”. Aquel dossier imposible podría ponerse en diálogo con un libro anterior, editado en 2001 y precisamente titulado Guía para invertir en el Mercado de Arte Contemporáneo Argentino . Estaba escrito por un economista: Claudio Golonbek (Buenos Aies, 1962). En el contexto del derrumbe aquellas páginas parecían impulsadas por el don, una lógica anti-económica del gasto y del derroche que, en tiempos de crisis, proponían invertir en arte. En otro libro suyo más reciente, Coleccionismo: libros, documentos y memorabilia(Patricia Rizzo Editora, 2014), Golonbek comenta la labor que el coleccionismo tuvo en la historia argentina del siglo XX, entre cuyos animadores se destacaron, entre otros, Antonio Santamarina (1880-1974), Bonifacio Del Carril (1911-1994) o Federico Vogelius (1920-1986). Un ejemplo paradigmático del gusto bibliófilo del siglo XX lo protagonizó Natalio Botana, cuya biblioteca se subastó entre los días 9 y 12 de junio de 1953 en 1765 lotes. ¿Qué libros había allí? Aquella colección de libros y documentos se dispersó: “Lo que siempre me llamó la atención es que las grandes colecciones del siglo XX se vendieran. Y que los proyectos de coleccionar libros se terminaban cuando los coleccionistas se morían. Para la familia eso no representaba nada. Y para la sociedad tampoco”, afirma.

En la Argentina la historia del coleccionismo de libros se remonta a la época de Rosas, a los tiempos de las colecciones de Saturnino Segurola, Pedro de Angelis y Antonio Zinny. Una colección sobreviviente del siglo XX es la de Ferrer Vieyra (actualmente en poder de la Biblioteca Mayor de Córdoba), compuesta de 23 incunables, 27 incunables de segunda época, cerca de cincuenta Elzevirianos, dos rollos de origen etíope escritos sobre pergamino y referidos a temas religiosos. Se destaca por ser la colección más importante de incunables que hay en la Argentina. Pero Golonbek destaca el surgimiento desde hace algunos años de un nuevo coleccionismo. El coleccionismo tradicional sacraliza al libro como objeto y tiende una relación fuerte con la Antigüedad, con la tradición humanista y con la edad de la imprenta. El acopio de mapas y manuscritos forman parte de aquel paradigma. Golonbek plantea una mudanza de aquel coleccionismo libresco hacia un coleccionismo más documental, una nueva zona de acopio de materiales que se caracterizaría por lo vintage , lo retro: “Es un coleccionismo más relacionado con la cultura. Explica de dónde venimos y a dónde vamos y no en un tramo de tiempo que dure mil años.” Se puede hablar de un nuevo coleccionismo íntimamente vinculado no con la posesión de objetos cerrados sino de documentos específicos.

–¿El nuevo coleccionismo tiene una línea de tiempo más corta?
–Sí. En todas las cosas que yo colecciono subyace la idea de comprender la Argentina y el mundo. Podría leer un documento de la época de Rosas, pero entendería bastante menos porque todo aquello ya está sintetizado en los procesos políticos. Con ir a documentos de cincuenta o sesenta años atrás me parece que allí ya está sintetizado lo que pasó un siglo antes. Coleccionar siempre me pareció como una oportunidad para entender cosas.

La llegada al mundo del coleccionismo se dará para Golonbek en 2005, no sin antes haber sido testigo de un hecho particular. El 2001 tuvo un violento impacto en el mundo del libro. La devaluación provocó una mayor demanda de objetos y materiales desde el exterior. Ejemplares, colecciones y archivos fueron desguazados de manera vertiginosa y llevados afuera del país: “Algunas colecciones se vendieron en el exterior; cosas de Gombrowicz, Fogwill. El que lo tenía lo consideraba valioso. Y acá nadie lo consideraba valioso, o no estaba dispuesto a pagar, o si era una institución pública no tenía presupuesto”.

En diciembre de 2002, en ocasión de una importante subasta de libros legado de Carlos Luis Codesal a beneficio de Unicef en la casa de remates Saráchaga, movido por una sensación de pérdida patrimonial Claudio adquirió materiales de Martínez Estrada y Héctor Murena. Pronto las contingencias a las que una colección se enfrenta le propusieron nuevos horizontes: “Mi archivo tiene tres patas –explica–: literatura, política y arte. El de literatura empieza en el 33, con las posvanguardias y arbitrariamente conRadiografía de la Pampa de Ezequiel Martínez Estrada y Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, para mí ensayos importantes para comprender lo que es la Argentina. Mi archivo sobre política comienza el 4 de junio del 43 con el Golpe del G.O.U. El primer documento que tengo sobre ese archivo es una carta de adhesiones que se firmaba el 3 de junio a la candidatura de Robustiano Patrón Costas. Lo cual permite hacer una serie de interpretaciones en torno a las motivaciones del golpe. Y llega hasta la década del 70. Y el archivo de Arte empieza a fines de los 50, con lo que para mí son los inicios del arte contemporáneo, con las primeras discusiones sobre el tema, con los escritos de los precursores de la escritura sobre arte en Argentina que son Masotta, Aldo Pellegrini”. Aunque se pueden leer en diálogo, cada una de las tres colecciones tienen su propia lógica interna, lo cual muestra que a menudo hay contingencias que van marcando el rumbo de los archivos. Para Golonbek “hay una negociación entre lo que vos querés y lo que la colección demanda. Uno descubre esas lógicas años después. Hay veces en que uno termina comprando cosas para la colección. Dice: ‘a la colección le falta esto’. La colección reclama cosas”.

En un libro ya clásico, Coleccionismo y Literatura (1999), Yvette Sánchez indagaba en la etimología latina de la palabra leer ( legere : que entre sus acepciones incluye “cosechar”, “leer”, “coleccionar”) para establecer una asociación muy fuerte entre la práctica de la lectura y el acto de coleccionar. En aquel libro se reparaba en el fuerte componente psicológico que rodea al coleccionismo literario. Y, además, se atendía a una enorme cantidad de escritores y movimientos literarios que hicieron del coleccionismo un principio estético: desde Balzac hasta los naturalistas, pasando por Pío Baroja, Azorín y los decadentistas franceses: “Cuando el volumen de piezas de una colección se incrementa lo suficiente empiezan las conexiones importantes entre ellas y es ahí donde cobran fuerza como conjunto”, explica Golonbek.

El coleccionista también es alguien que posee una suerte de “conciencia documental”. Ve en determinados manuscritos o documentos una potencia que conecta con el futuro. Esa conciencia documental trabaja contra la “desidia archivística”. ¿El coleccionista es alguien que está vislumbrando algo que sus contemporáneos, no?: “A mí me interesa y entonces me parece que debo conservarlo. En el futuro va a ser mucho más difícil conseguir archivos y documentos. No digo que vayan a ser secretos políticos, pero mucha gente va a tratar de hacerse del material estratégico que explique o ayude a comprender determinados procesos. Cuando las universidades estadounidenses compran no solamente lo hacen desde una voluntad de preservación sino de poner material en disponibilidad para gente que busque cosas que parecen insólitas o rarísimas, pero que en una visión de largo plazo del experimento humano sirven. Dan explicaciones a por qué pasó esto o aquello”.

Una teoría del residuo
Hay algo que primero suscita cierto interés, luego pasa a ser sumamente deseado por más de una persona hasta que, en un largo proceso de legitimación, eso pasa a ser un preciado objeto del coleccionismo. Puede pasar con manuscritos, discos de vinilo o libros. La investigación o la búsqueda de fundamentos históricos o culturales generan nuevas piezas y nuevos temas para el coleccionismo. Pero la concepción más interesante sobre el coleccionismo Golonbek la asocia al “residuo”: “Es muy importante entender que ‘algo’ puede llegar a ser un potencial objeto del coleccionismo cuando se ha convertido en un residuo de la cultura que lo generó.” Esa comprensión del residuo está asociada a los papeles efímeros (aquello que en el coleccionismo se denomina ephemera ): “Hace muchísimos años que yo estaba buscando una caja del Plan Alimentario Nacional, la caja en la que se repartían alimentos y de la cual se hicieron millones. Y me llevó como diez años conseguir una. Me la traen hoy. La conseguí por MercadoLibre. Y la paradoja es que se trata de una caja de la cual se hicieron millones y que no vale nada. Nadie las guardó porque no cumplían ninguna función. Uno las ve por las fotos en los diarios, pero nunca ve el objeto real. Debe tener por lo menos 30 años esa caja. Yo la voy a tener como documento. Si algún día tiene que ir a una muestra que cuente la Argentina de la década del 80 en vez de haber una foto de las cajas PAN habrá una caja PAN real”.

Hay nuevos objetos que en la larga tradición del coleccionismo constituyen un fenómeno novedoso. Por un lado, el pasaje de la cultura impresa al universo digital implicó una serie de transformaciones prácticas. El advenimiento de la era digital produjo un cambio en la percepción del mundo analógico. La aceleración del tiempo y la obsolescencia programada de las tecnologías modifican la experiencia del pasado y sus restos materiales. Aquellos objetos que nos hablan de otra época constituyen la gran materia prima del coleccionismo. De allí que el mundo analógico también haya sido cruzado por las modificaciones de la percepción que el advenimiento de Internet produjo. MercadoLibre, eBay, AbeBooks, Iberlibro, remates en directo, subastas on-line son algunas de las nuevas arenas de lucha en las que se libra el duelo con los restos materiales del tiempo. Es que si bien todo sucede supuestamente en el mundo virtual, lo que se trafica por la Web son “objetos concretos”. Hay una imbricación que se produce entre sitios de Internet y ese espacio residual que configuran las librerías de usados, los mercados de lo viejo. También se puede hablar de un “efecto colateral” del coleccionismo que redunda en el aumento de la información cultural. Como un efecto rebote, y una vez modificado su lugar, las páginas de libros inesperados, autógrafos, manuscritos y fotografías saltan a Internet para otorgarle su espesor histórico a la Web. Un documento sobre la masacre de Trelew, un autógrafo de Paco Urondo, un retazo de la voz de Borges guardado en un disco de vinilo, esas son las cosas que Claudio Golonbek recolecta. ¿Cuál es la característica más preponderante del nuevo coleccionismo?: “Yo veo en el nuevo coleccionismo una idea más generosa que la del coleccionismo de antes. Ahora es importante que el material circule, que se difunda, que sea base de investigación. Una anécdota. Yo hace un tiempo estaba rastreando la historia de un fotógrafo estadounidense que le había sacado una foto a Lincoln. Y tenía unas vagas referencias con lo cual hice una consulta a la Universidad de Illinois. Como respuesta me mandan el obituario del fotógrafo publicado en un diario de una comunidad religiosa de la década de 1890 donde se contaba su historia. O sea que eso ya estaba catalogado. Me dio sana envidia que alguien pueda hacer una consulta y en el día le pudieran dar un documento de dominio público a alguien que estaba en la Argentina. Todavía nos falta mucho para llegar a eso”.

Es importante que los archivos estén disponibles: “Me parece que lo nuevo es la circulación, el dominio público de los archivos, la difusión, la participación en muestras, la generación de valor agregado informativo. Y eso yo creo que por lo menos en la Argentina es nuevo. Porque una de las cosas que uno ve en todo el mundo es que todas las muestras importantes de Arte están repletas de documentos: lo que se leía en la época, lo que se escribía. Es como un continuum , si bien hay una diferencia de valor entre un documento y un cuadro de arte, también es cierto que como objeto cultural la documentación tiene muchísima jerarquía”.

El libro de Golonbek está atravesado por muchos géneros. Presenta en grageas fragmentos de ensayo, testimonio. Autobiografía y teoría del coleccionismo se cruzan. También el libro se puede leer como una exposición. Podría haber hecho una exposición de su colección y su libro podría haber funcionado como un catálogo. Hacia el final del libro sobresalen dos anexos. Uno es sobre la editorial Barrilete (1962-1974). El otro es sobre reportajes a Borges: “Cuando comencé a revisar el archivo imaginaba que tenía cien o ciento cincuenta reportajes. Y cuando me puse a compilar tenía cuatrocientos reportajes. Y en un momento me di cuenta de que no iba a terminar nunca el libro si seguía buscando. Y esa podría ser toda una investigación dentro del corpus borgeano que nunca se estudió. Lo que dijo Borges fuera de la literatura es apasionante. Y no es que el reportaje era una excepcionalidad. Cuando vos has dado más de quinientos reportajes ya es un género mismo de tu producción”.

–Su concepto de “documento” es muy amplio.
–Sí, un disco de Borges que salió en la década del 60 para mí es un documento. No lo colecciono como un disco en sí mismo. Solamente colecciono discos de escritores. Discos como Eva Perón en la hoguera (1972) de Leónidas Lamborghini, que es un disco muy raro.

Claudio Golonbek se siente parte de una generación comprometida con impedir que la Argentina se desprenda de acervos bibliográficos importantes: “Los coleccionistas que quienes tienen entre cuarenta y cincuenta años tienen gran preocupación por ver dónde va a quedar todo su material. Y uno de los grandes problemas es que en Argentina no hay un lugar confiable para legar a largo plazo. La Biblioteca Nacional está avanzando muchísimo en eso. Pero la visión patrimonial recién se comenzó a revalorizar en los últimos años. Acá hubo casos escandalosos de fuga de material”. Algo sin embargo parece estar cambiando: “Comienza a revalorizarse la cultura del material. Con aquella proyección en veinte años cualquiera que quisiera estudiar cosas de Argentina iba a tener que ir a Estados Unidos, Alemania u otro país. Creo que se está avanzando mucho. Ahora hay universidades públicas que se han dado cuenta de la importancia de tener una política patrimonial y hay universidades como la Universidad de San Martín o la Untref que arman sus propios archivos. Son largos procesos culturales que llevan a que finalmente el material empiece a conservarse”.

Golonbek también comenta uno de los proyectos que tiene para su archivo: “Mi proyecto es crear un pequeño centro de investigación donde el material esté disponible para investigadores, en un lugar físico especialmente desarrollado. Mi idea es que el archivo comience a tener un uso”.

http://www.revistaenie.clarin.com/

Publicado el: 27/01/2015 / Leido: 4941 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

Compartir:
Dejar comentario

Comentarios