Las reliquias documentales del parlamento

Publicado el: 11/09/2011 / Leido: 5762 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

Compartir:

Las reliquias documentales del parlamento

100 A?OS DE MEMORIA

La Razón

Un siglo de historias. Cien años de recolección y custodia de reliquias invaluables. Joyas coloniales, el libro de cabecera de las ínfulas conquistadoras de Napoleón Bonaparte, los nueve tomos de las andanzas de Alcide d??Orbigny, las actas de la Asamblea Constituyente de 1826, las partituras originales del Himno Nacional, un facsímil del diario del Che Guevara, la primera esfera terrestre en castellano y más.

La Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional celebra cien años de su creación. Resguarda en sus ambientes, estantes y cajas fuertes la memoria política, administrativa, legal de Bolivia, de su sociedad civil. Lo hace en la fortaleza que albergó al Banco Central de Bolivia, en pleno subsuelo del inmueble de la Vicepresidencia, entre las calles Ayacucho y Mercado de la ciudad de La Paz.

Esta aventura comenzó en 1911, gracias al senador orureño Moisés Ascarrunz, quien influyó para que el Senado apruebe una partida de 15.000 pesos para armar una biblioteca legislativa. La cruzada sedujo a la élite de la política, tanto dentro como fuera del país, intelectuales, escritores, empresarios, profesores? se sumaron a la causa liberal para edificar una colección que emule a la biblioteca de Estados Unidos.

Un año después, el 14 de septiembre de 1912, Ascarrunz inauguró su sueño, que se instaló en el Palacio Legislativo de la plaza Murillo con la presencia de 5.000 tomos, la última palabra del conocimiento de la época. Fue administrado por el Senado, y siete décadas después, la Cámara de Diputados tomó a su cargo otro puntal para preservar la memoria política boliviana, el archivo de documentos parlamentarios.

Ambos entes se fusionaron a mediados de los años 90 y fueron remitidos al edificio de la Vicepresidencia con el nombre de Biblioteca y Archivo Histórico del Congreso Nacional de Bolivia, cuyo primer director llegó recién en agosto del 2002. La responsabilidad recayó en Luis Oporto. Y el 2009, con la aprobación de la nueva Constitución Política, vino el cambio de razón social con la que se conoce hoy a la institución.

Bóvedas con lingotes de papel

Al recorrer el sitio, sobresalen las vitrinas inmortales que Ascarrunz mandó a forjar hace una centuria en Estados Unidos, que llevan un obelisco en lo alto y escudos de Bolivia en sus vidrios. Ya que fue diseñado para albergar un banco ??por los mismísimos constructores del Banco de Inglaterra, en 1926??, uno tropieza en los ambientes íntimos de esta obra con puertas con barrotes, bóvedas y cajas fuertes de hierro.

El despacho de Oporto y la sala de revisión dan la bienvenida a los visitantes. A la derecha está un espacio con muebles que albergan máquinas de escribir antiguas, alegorías al trabajo de registro de secretarios, transcriptores, correctores y redactores parlamentarios, y también los libros con los que la biblioteca dio sus primeros pasos, el súmmum del derecho y la filosofía europea que fue recolectado hasta 1912.

Un pasillo conduce al archivo sonoro que guarda las actuaciones congresales de diputados y senadores desde 1940. Cuatro millares de discos de vinilo, cientos de cintas magnetofónicas y miles y miles de casetes apilados en cajas fuertes y estantes de fierro. Allí uno puede deleitarse con las exposiciones de políticos de la talla de Víctor Paz Estenssoro, Franz Tamayo, Gualberto Villarroel, Marcelo Quiroga Santa Cruz.

En frente, la bóveda principal, aquella que guarda las joyas más preciadas en más de seis decenas de cajas fuertes. En otros tiempos, era el lugar que resguardaba los lingotes de oro de la era republicana, incluso la cocaína de la dictadura de Luis García Meza, que dejó su impronta corrosiva en varias de las urnas; hoy custodia 260 tomos con valor patrimonial, únicos, invaluables, son obras de arte documentales.

Cada pieza guarda una historia, una anécdota. Como las partituras del Himno de Bolivia, que llevan el autógrafo del compositor Leopoldo Benedetto Vincenti y una bella encuadernación que recibe los honores cada año y que fue enviada por el italiano a su hijo Isaac, para que éste cobre el premio pecuniario otorgado a fines del siglo XIX por el Senado, y que también benefició al otro autor: José Ignacio Sanjinés.

O el escudo de armas hecho con plumas naturales de diferentes colores que antes engalanaba una sala de la Vicepresidencia. O el facsímil del diario del Che, la agenda alemana que le regaló Tania La Guerrillera, cuyos apuntes se detienen el 7 de septiembre de 1967 (día de su detención), y que revela su biblioteca de campana. Una edición de lujo que posee hasta la marca dejada por un cigarrillo en la tapa original.

??Cuando uno palpa estas piezas siente un escalofrío por la columna?, dice un emocionado Oporto, mientras sujeta entre sus manos un ejemplar de las actas de la Asamblea Constituyente de 1826, aquel que fue hallado, olvidado, en 1924 por el diplomático Eduardo Diez de Medina en la legación boliviana de Buenos Aires, que fue remitido al país y que durmió en los depósitos congresales hasta hace siete años.

El Mariscal Sucre y Napoleón

Allí está una esfera terrestre de 1875, la única en español de su época. Fue dada por un vendedor al Parlamento, como ??yapa? en la venta de dos documentos con la firma del mariscal Antonio José de Sucre; todo por 8.000 dólares. O los nueve tomos del naturalista francés D??Orbigny, de sus expediciones por América y la naciente República, costaron 6.000 pesos; casi mitad del presupuesto con que nació la biblioteca.

Otro lingote de oro en papel es la Enciclopedia Histórica de Lessage, el Conde de las Casas. Ese material que Napoleón consultaba antes de conquistar un territorio. La edición tiene una sección escrita por un ??español americano? que vislumbra el mapa de la América independiente, con una Bolivia que se llama Alto Perú, independiente de Lima y Buenos Aires, y que tiene una bandera con franjas verde y rojo.

En la bóveda resaltan igual tesoros coloniales como el Reglamento de Intendentes de Exército y Provincia de 1872, el Gasofilazio Real del Perú o tratado financiero, las Siete partidas del Sabio Rey Alfonso el Nono o Código Penal colonial? Entre lo contemporáneo, el original de las memorias de Juan Lechín Oquendo, la biblioteca de 93 tomos sobre Simón Bolívar donada por el comunicador Luis Ramiro Beltrán, y más.

Al lado se halla la hemeroteca. Los estantes guardan los periódicos que salieron a la luz desde el nacimiento del país. Allí está un facsímil de El Cóndor de Bolivia, o los originales de El Iris de La Paz. Un espacio bien conservado, que se alimenta de los diarios de circulación nacional y que fue crucial para la consulta de las víctimas de la violencia estatal o sus familiares, cuando se aprobó la ley de resarcimiento el 2004.

No es todo. El sitio alberga la Colección Oficial de Leyes, desde 1825; las transcripciones textuales de las intervenciones oficiales de diputados, senadores y de la Presidencia del Congreso, o sea, el anuario legislativo, y la jurisprudencia boliviana. Más aún, los mensajes o informes presidenciales, las memorias e informes ministeriales... La memoria guardada en el recinto trasciende sus 100 años de su vida.

El sueño de la digitalización

Eso sí, en el camino hubo pérdidas. Por ejemplo, Oporto lamenta la decisión que se tomó hace pocas décadas para especializar la biblioteca y eliminar libros de poesía, literatura, entre otros; así se perdió casi la mitad de los tomos, quedando 12.000 en la colección. Otro momento difícil fue en febrero del 2003, cuando turbas intentaron destruir el edificio de la Vicepresidencia; se perdieron dos piezas que fueron repuestas.

Incluso hay anécdotas con los archivos parlamentarios. El periodista Carlos Soria Galvarro relata que en los tiempos de dictadura que usaban el Palacio Legislativo como cárcel de presos políticos, muchos de éstos y sus vigilantes quemaban los documentos para no sentir frío, y entre los prisioneros había rebeldes que escogían entre los papeles alguno que lleve la firma de un presidente en especial para usarlo en el baño.

Hoy la biblioteca y el archivo histórico están en las manos de siete custodios que aman su trabajo. Oporto resalta que en nueve años logró dar seguridad al material, ordenarlo, y ha abierto la institución a la sociedad. Asimismo, se ha promovido un programa de extensión cultural, con seminarios, debates; otro de asesoramiento y capacitación, y el último involucra a la publicación especializada bimestral Fuentes.

Y hay sueños. El principal cuesta 400 mil dólares: mitad para digitalizar la hemeroteca, y la otra para digitalizar los libros patrimoniales. El director del sitio donde se respira historia es optimista en que la modernización llegará a buen puerto. ??Celebrar 100 años conjunciona sentimientos de orgullo, satisfacción y mucha responsabilidad?, finaliza Oporto, en medio de este fortín de la memoria política y social del país.

Un recinto con hasta 15 mil visitas al año

La Biblioteca y Archivo Histórico depende de la Vicepresidencia. Económicamente, su Plan Operativo Anual figura en el Tesoro General de la Nación. Según las estadísticas que maneja el director Luis Oporto, al año se reciben entre 12.000 y 15.000 visitas, y diariamente, hasta 30 personas. Lo interesante es que el perfil del usuario ha cambiado: antes eran más los individuos que asistían para acceder a datos específicos, que los profesionales e investigadores que generan más conocimiento. El recinto se encuentra abierto al público en general de lunes a viernes, de 08.30 a 12.00 y de 14.30 a 19.00. El único requisito es portar algún documento de identificación.

Publicado el: 11/09/2011 / Leido: 5762 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

Compartir:
Dejar comentario

Comentarios