Un mundo sin planas

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PIEDAD BONNETT 9 MAYO 2015 - 3:48 PM

 

Un mundo sin planas

Piedad Bonnett

“TODOS LOS DÍAS DEL MUNDO / algo hermoso termina”, escribió el poeta Jaroslav Seifert.

Por: Piedad Bonnett

Y en efecto, estamos amenazados permanentemente por la desaparición de las más distintas cosas, muchas de ellas llenas de encanto. Desaparecieron ya para siempre ciertas especies, como el  tigre de Java o la tortuga de los Galápagos, y están en peligro los arrecifes de coral y los osos polares. Cada día se extingue una lengua. Ya casi no quedan carteros y cada vez son más escasas las cartas. Los catastrofistas anuncian que el libro es un objeto en vía de extinción. Pero ¿a alguien se le ocurre siquiera que haya un día en que nadie escriba a mano? Tan escandalosa posibilidad acaba de insinuarse: Finlandia anunció que a partir del próximo año ya no habrá en las escuelas cursos de caligrafía pegada o cursiva. “El tiempo que se dedicaba a esta se empleará en enseñar mecanografía”, dijo la vocera del gobierno finlandés. Sólo se enseñará letra imprenta. La razón que aducen las autoridades de ese país  es que el uso de teclados se ha vuelto masivo.
 
 Confieso que, aunque la amenaza es remota, la sola perspectiva de que la humanidad deseche la caligrafía —palabra que viene del griego y significa escribir con bellos signos—  me hizo sentir escalofrío. Recordé con nostalgia mis esfuerzos de aprendizaje del método palmer, y agradecí que me hubieran tocado tiempos que apreciaran la belleza de la escritura a mano. Por ahora todavía hay cautela: hasta los responsables de la decisión en Finlandia reconocen que escribir a mano es importante para adquirir destrezas motrices y para desarrollar la memoria. Si fueran más lejos reconocerían que hacerlo es también una de las mejores  maneras de conectar las palabras con las entrañas. Pero tal y como va el mundo, nada  raro sería que en una década los niños de kínder ya lleven a clase su tableta —o lo que sea que se use— y a la hora de aprender a escribir sean simplemente digitadores. Y entonces, parafraseando a Seifert, una de las cosas más hermosas del mundo habrá desaparecido.
 
 Sabemos que hay cientos de documentos cuyo valor reside en estar escritos a mano. Y no me refiero sólo a los pictogramas sumerios o a los kanjis japoneses, sino a las cartas de amor de Bolívar, a los testimonios de los cronistas de Indias,  a los manuscritos de los grandes escritores o a la carta de un bisabuelo. Frente a ellos nos inclinamos con curiosidad e incluso respeto, porque sabemos que manipularlos mal puede ocasionar su destrucción. Por el tipo de letra de las personas podemos llegar a saber, además —como enseñan los grafólogos— si la persona  es metódica, vanidosa o imaginativa. Y la firma está tan vinculada al yo de cada uno, que casi todo el mundo se esfuerza por poner en ella rasgos particulares, entre otras cosas para que nadie la imite. ¿Se imaginan, entonces, a la humanidad entera firmando con letra imprenta?
 
 ¿Y si les dijera que García Márquez, por ejemplo, no dejó casi nada escrito a mano? Así es. Lo que podemos ver a través de sus documentos  es si  los escribió en su Olivetti o en un computador. Qué tristeza. Un signo de lo que ya está sucediendo.
 
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